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Una ciudad flotante
Editado
© Ariel Pérez
16 de febrero del 2002
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Una ciudad flotante
Capítulo XXI

A las cuatro de la tarde se despejó el cielo, que hasta entonces se había mantenido cubierto. El mar se había calmado y el buque ya no arfaba. Parecía que estábamos en tierra firme. La inmovilidad del Great Eastern sugirió a los pasajeros la idea de organizar carreras. El hipódromo de Epson no hubiera ofrecido mejor pista; y por lo que hace a los caballos, a falta del Gladiator y de la Touque debían reemplazarse por escoceses de pura sangre, que bien valían tanto como aquéllos. No tardó en circular la noticia y al punto los sportsmen y los demás pasajeros abandonaron el salón y sus camarotes. Un inglés, el honorable Mac Karty, fue nombrado comisario y los corredores se presentaron sin tardanza. Estos eran seis marineros, especie de centauros, a la vez caballos y jockeys, dispuestos todos a disputar el gran premio del Great Eastern.

Las dos calles de cubierta formaban el campo de las carreras. Los corredores debían dar tres veces la vuelta al buque recorriendo así un trayecto de mil trescientos metros. Era suficiente. Las tribunas, es decir, las toldillas y los puentecillos fueron invadidos por una muchedumbre de curiosos, armados de gemelos y algunos de gafas con guardapolvos de gasa verde sin duda para preservarse del polvo del Atlántico. Faltaban los carruajes, es verdad, pero no el espacio para hacerlos entrar en fila. Las señoras, lujosamente ataviadas, ocupaban la toldilla de popa. El golpe de vista era magnífico. Fabián, Corsican, Pitferge y yo nos colocamos en la toldilla de proa. Aquel punto era el que podía llamarse el recinto del peso. En él se hallaban reunidos los verdaderos gentlemen riders. Delante de nosotros se levantaba el poste de salida y de llegada. Empezaron las apuestas con entusiasmo británico; se cruzáron enormes sumas tan sólo al ver el aire, y apostura de los corredores cuyas proezas no se hallaban aún insertadas en el studbook. Yo no pude menos de mirar con cierta inquietud a Enrique Drake, mezclándose en aquellos preparativos con su acostumbrada desenvoltura, discutiendo, disputando, decidiendo en un tono que no admitía réplica. Afortunadamente, aunque Fabián se había interesado en la carrera apostando algunas libras, parecía indiferente a todo aquel juego, pues mantenía alejado con la frente siempre pensativa y la imaginación en otra parte.

Entre los corredores que se presentaron, dos especialmente habían llamado la atención pública. El uno era un escocés de Dundee, llamado Wilmore, hombrecillo delgado, de corta estatura listo, de poco hueso, ancho pecho, mirada viva y penetrante y parecía ser uno de los preferidos. El otro, mocetón, bien plantado, llamado O'Kelly, y largo como un caballo de carrera. Balanceaba a los ojos de los inteligentes, las probabilidades que existían a favor de Wilmore.

Apostaron a su favor tres contra uno, y yo, por mi parte, participando de la preocupación general, iba a arriesgar en su favor algunos dólares, cuando el doctor me dijo:

-Apueste usted por el pequeño; el grande está descalificado.

-¿Qué quiere usted decir?

-Quiero decir -replicó con seriedad el doctor- que no es de pura raza. Podrá tener cierta ligereza inicial, pero carece de resistencia. El pequeño, por el contrario, es de raza; repare qué tieso es. Vea usted ése pecho tan bien desarrollado, sin rigidez. Ese hombre ha debido ejercitarse más de una vez, corriendo a la pata coja, es decir, saltando sucesivamente sobre uno y otro pie, y produciendo lo menos doscientos movimientos por minuto. Apueste usted por él, créame; no le pesará.

Seguí el consejo de mi sabio doctor y aposté por Wilmore. Los otros cuatro corredores no merecían que se hablase de ellos. Se sortearon los puestos. La suerte favoreció al irlandés, a quien tocó la cuerda.

Los seis corredores se colocaron en línea a la altura del poste. No había que temer falsas salidas, lo cual simplificaba el trabajo del comisario.

Se dio la señal, que fue acogida con entusiastas hurras. Los inteligentes reconocieron enseguida que Wilmore y O'Kelly eran andarines de profesión. Sin ocuparse en sus rivales, que les adelantaban sofocándose corrían con el cuerpo un poco inclinado, erguida la cabeza, el antebrazo pegado al esternón, y los puños adelantados, y acompañando cada movimiento del pie, opuesto por un movimiento alternativo. Iban descalzos; sus talones no tocaban nunca en el suelo, dejándoles la necesaria elasticidad para conservar la fuerza adquirida.

En una palabra todos sus movimientos se relacionaban y completaban. A la segunda vuelta O'Kelly y Wilmore, siempre en la misma línea se habían adelantado mucho a sus adversarios, que parecían echar los pulmones por la boca demostrando la verdad de este axioma que repetía el doctor:

-No se corre con las piernas, sino con el pecho. Buenos son los músculos; pero valen más los pulmones.

En la penúltima vuelta los gritos de los espectadores saludaron de nuevo a sus respectivos favoritos. Por todas partes estallaban los ¡bravos! y los aplausos.

-El pequeño ganará -me dijo Pitferge-. Está tranquilo y el otro jadeante.

En efecto, Wilmore tenía el rostro pálido pero tranquilo, mientras que O'Kelly humeaba como paja mojada. Corría a fuerza del látigo, como se dice en la jerga de los sportsmen pero ambos se sostenían en la misma línea; por último, traspasaron las escotillas de la máquina. Llegaron al poste de la arribada...

-¡Bravo por Wilmore! -gritaban unos.

-¡Bravo por O'Kelly! -decían otros.

-Wilmore ha ganado.

-No, que hay empate.

La verdad era que Wilmore, había ganado, pero, apenas por medio paso, y así lo decidió el honorable Mac-Karty. Sin embargo, se prolongó la discusión y aun pasaron a palabras mayores. Los partidarios del irlandés, y especialmente Enrique Drake, sostenían que había dead head, que la carrera era nula y debía empezarse de nuevo.

Pero en aquel momento, cediendo a un involuntario impulso, Fabián se había acercado a Enrique Drake, diciéndole con frialdad:

-Se equivoca usted, señor; el vencedor es el escocés.

Drake avanzó con viveza hacia Fabián.

-¿Qué dice? -le preguntó con aire amenazador.

-Digo que no tiene usted razón -replicó con calma Fabián.

-Sin duda porqué habrá apostado a favor de Wilmore.

-He jugado, como usted, a favor de O'Kelly -replicó Fabián con el mismo aplomo-; he perdido y pago.

-Señor mío -exclamó Drake-, ¿pretende usted acaso darme...?

Pero no acabó la frase. El capitán Corsican se había interpuesto entre Fabián y él, con la intención de tomar la cuestión por su cuenta.

Trató a Drake con una dureza y un desprecio significativo; pero, por lo visto, Drake no quería habérselas con él. Así fue que cuando acabó de hablar Corsican, Drake se cruzó de brazos y, mirando a Fabián, dijo con maligna sonrisa:

-Por lo visto, necesita usted amigos que le defiendan.

Fabián, pálido de coraje, se precipitó contra Drake, pero le detuve.

Por su parte, los compañeros de aquel bribón se lo llevaron, no sin que antes hubiera dirigido a Fabián una mirada rencorosa.

Corsican y yo bajamos con Fabián, que se limitó a decir con voz tranquila:

-En la primera ocasión, abofetearé a ese miserable.

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