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Una ciudad flotante
Editado
© Ariel Pérez
16 de febrero del 2002
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Una ciudad flotante
Capítulo XXX

No era posible ya aplazar el desenlace de aquella cuestión. Sólo faltaban algunas horas para que se verificara el duelo. ¿Cuál era el origen de aquella precipitación? ¿Por qué no aguardaba Drake que él y su adversario desembarcara para batirse en tierra firme? ¿Aquel buque fletado por una compañía francesa le parecía más propicio para un duelo a muerte?

¿O acaso Drake quería deshacerse de Fabián, antes que éste colocara el pie en el continente americano y sospechase la presencia de Elena a bordo, que Drake debía suponer ignorada de todo el mundo?

Sí; eso debía ser.

-Bueno -dijo Corsican-. Cuanto antes mejor.

-¿Le parece que indique a Pitferge que asista al duelo como médico?

-Si, lo creo acertado.

Corsican fue a entrevistarse con Fabián. La campana sonaba en aquel instante. Pregunté al timonel qué significaba aquel toque y me manifestó que doblaba a muertos por el marinero que había fallecido durante la noche. En efecto, iba a verificarse tan triste ceremonia. El tiempo tan hermoso hasta entonces, varió. Grandes nubes subían lentamente por el Sur.

Al oír la campana los pasajeros acudieron en tumulto hacia estribor. La toldilla, los puentes, el castillo de proa, las lanchas y los botes colgados de sus pescantes se llenaron de espectadores. Los oficiales, marineros y fogoneros, francos de servicio, se alinearon sobre cubierta.

A las dos apareció un grupo de marineros al extremo del buque. Salió de la enfermería y pasó por delante de la máquina del timón.

Cuatro hombres llevaban el cuerpo del marinero, metido en un saco de lona y fijo en una tabla con una bala a los pies. El pabellón inglés envolvía el cadáver. El grupo, seguido de todos los compañeros del difunto, avanzó lentamente a través de los concurrentes que se descubrían a su paso.

Al llegar detrás de la rueda de estribor se detuvo el cortejo fúnebre y depositó el cadáver en el último rellano en que terminaba la escalera al nivel de la cubierta.

Delante de la fila de espectadores colocados sobre el tambor se hallaban de gran uniforme, el capitán Anderson y sus principales oficiales.

El capitán tenía en la mano un libro de oraciones; se descubrió durante algunos minutos, y en medio de un silencio profundo, no interrumpido siquiera por la brisa, leyó con voz grave las oraciones de los difuntos. En aquella atmósfera densa pesada sin que se percibiera un ruido, ni el menor soplo de viento, sus palabras se oían distintamente.

Algunos pasajeros respondían en voz baja.

A una señal del capitán, el cuerpo, alzado por sus conductores, cayó en el mar, sobrenadó un momento y desapareció después en medio de un círculo de espuma. En aquel instante gritó la voz del vigía:

-¡Tierra!

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