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Una ciudad flotante
Editado
© Ariel Pérez
16 de febrero del 2002
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Una ciudad flotante
Capítulo XXXIV

Al siguiente día, martes nueve de abril, a las once, el Great Eastern levaba el ancla y se disponía a entrar en el Hudson. El práctico maniobraba con seguridad incomparable. Durante la noche la tempestad se había disipado; los últimos nubarrones desaparecían en el lejano horizonte. La mar se animaba bajo las evoluciones de una flotilla de goletas que bordeaban la costa.

Era un pequeño buque de vapor que traía la comisión sanitaria de Nueva York. Provisto de un balancín que subía y bajaba sobre cubierta marchaba con una rapidez extraordinaria y me daba una idea de aquellos pequeños tenders americanos, construidos bajo un mismo modelo, de los cuales unos veinte nos rodearon bien pronto.

No tardamos mucho en traspasar el Light Boat, faro flotante que marca los pasos del Hudson. Costeamos la punta de Sandy Hook, arenosa lengua de tierra que termina en un faro, y desde la cual algunos curiosos nos saludaban con hurras.

A la una después de haber navegado a lo largo de los muelles de Nueva York, el Great Eastern fondeaba en el Hudson, y las áncoras enganchándose en los cables telegráficos del río, estuvieron a punto de romperlos al partir.

Entonces empezó el desembarque de todos aquellos compañeros de viaje, de aquellos compatriotas, de una travesía a quienes no debía volver a encontrar los californianos, los del Sur, los mormones, los novios... Esperé a Fabián y a Corsican.

Hube de referir al capitán Anderson los incidentes del duelo que había ocurrido a bordo. Los médicos hicieron su correspondiente informe y como no tuvo que intervenir la justicia en la muerte de Drake se dieron las órdenes oportunas para que se llenaran en tierra los últimos deberes para con su cadáver.

En aquel momento, el estadístico Cokburn, que en todo el viaje no me había hablado, me dijo:

-¿Sabe usted, amigo mío, cuántas vueltas han dado las ruedas durante la travesía?

-No, señor.

-Cien mil setecientas veintitrés.

-¡Ah, de veras! ¿Y la hélice?

-Seiscientas ocho mil ciento treinta.

-Agradecidísimo, señor.

Y el estadístico Cokburn se marchó sin saludarme.

En aquel instante se unieron conmigo Fabián y Corsican; Fabián me estrechó con efusión la mano.

-Elena -me dijo- curará. Ha recobrado por un momento la razón. ¡Ah! ¡Dios es justo, y se la devolverá por entero!

Hablando de esta suerte, Fabián confiaba en el porvenir. En cuanto a Corsican me dio un fuerte abrazo sin ceremonias, pero de una manera algo ruda.

-Hasta la vista -me gritó cuándo tomó asiento en el tender donde se encontraban ya Fabián y Elena en compañía de mistress R..., la hermana del capitán Mac Elwin, que había acudido a recibirle. El tender se alejó, llevándose aquel primer grupo de pasajeros al desembarcadero de la Aduana.

Los miraba alejarse y al ver a Elena entre Fabián y la hermana de éste, no dudé ya que los cuidados, la adhesión y el amor lograsen devolver la razón a aquella pobre alma extraviada por el dolor.

De pronto recibí un abrazo, me volví y reconocí al doctor Pitferge.

-Y ahora -me dijo-, ¿qué va a hacer usted?

-Puesto que el Great Eastern ha de permanecer ciento noventa y dos horas en Nueva York, y debo volver a embarcarme en él, tengo ciento noventa y dos horas que pasar en América o lo que es igual, ocho días, que empleándolos bien bastan para ver a Nueva York, el Hudson, el valle de Mohawk, el lago Erie, el Niágara y todo ese país cantado por Cooper.

-¡Ah! ¿va usted al Niágara? -exclamó Dean Pitferge-. A fe que me alegraría de volver a verlo, y si mi proposición no le pareciese importuna...

El buen doctor me divertía con sus extravagancias. Su proposición me interesaba pues en él encontraba yo un guía muy instruido.

-¡Vengan esos cinco! -le dije.

Un cuarto de hora después, nos encontrábamos en el tender, y a las tres de la tarde después de haber remontado el Broadway, nos alojamos en dos habitaciones del Fifth Avenue Hotel.

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