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Una ciudad flotante
Editado
© Ariel Pérez
16 de febrero del 2002
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Una ciudad flotante
Capítulo XXXII

Pitferge se marchó y yo permanecí sobre cubierta mirando cómo avanzaba la tempestad. Fabián seguía aún en su camarote y Corsican estaba con él. Fabián tomaba, sin duda, algunas disposiciones para el caso de una desgracia. Entonces me acordé que él tenía una hermana en Nueva York, y me estremecía al pensar que tal vez tuviéramos que llevarle la noticia de la muerte del hermano a quien lo esperaba. Yo hubiera querido ver a Fabián, pero pensé que era mejor no estorbarle a él ni a Corsican.

A las cuatro avistamos otra tierra frente a la costa de Long Island. Era el islote de Fire Island, en cuyo centro tiene un faro que alumbra dicha tierra. En aquel momento los pasajeros invadieron las toldillas y puentes, mirando hacia la costa que teníamos a unas seis millas de distancia al Norte, y aguardando el instante, en que el práctico llegase y decidiera la importante cuestión de la rifa. Los poseedores de los cuartos de horas nocturnos habíamos perdido toda esperanza y los de los cuartos de hora diurnos, excepto aquellos que se hallaban comprendidos entro cuatro y seis de la mañana tampoco podrían confiar ya en la suerte. Antes de la noche, el práctico llegaría a bordo y en su presencia quedaría terminado el juego. Por lo tanto, todo el interés se concentraba en las siete u ocho personas, en quien la suerte había dado los próximos cuartos de hora y estas se aprovechaban de la ocasión, para vender, comprar y revender su número con verdadero afán.

A las cuatro y dieciséis minutos se avistó por estribor una goletilla que se dirigía hacia nosotros. No cabía duda; era el práctico. No tardaría en subir a bordo más de un cuarto de hora. La competencia parecía hallarse pues, entre el segundo y tercer cuarto de hora que median entre las cuatro y cinco de la tarde; las demandas y ofertas volvieron a empezar. Después se cruzaron apuestas insensatas sobre las cualidades personales del práctico; como por ejemplo:

-Diez dólares a que el práctico es casado.

-Veinte, a que es viudo.

-Cincuenta dólares a que tiene patillas rubias.

-Sesenta dólares a que tiene una verruga en la nariz.

-Ciento a que al saltar a bordo el primer pie que pondrá sobre cubierta será el derecho.

-A que fuma.

-A que fuma en pipa.

-¡No! ¡sí! ¡no!

Y otras mil apuestas, tan absurdas como las anteriores, pero que aceptaban algunos. La goletilla se acercaba. Veíanse distintamente sus airosas formas, bastante marcadas por la proa y sus curvas prolongadas que le daban el aspecto de un yate de recreo. ¡Qué lindos son esos buques de cincuenta a sesenta toneladas, admirablemente construidos para resistir los temporales y sortear los embates de las olas! Al llegar aquélla a dos cables del Great Eastern, se puso al pairo de pronto y echó un bote al agua. El capitán Anderson mandó a parar y por primera vez en quince días cesaron de funcionar las ruedas y la hélice. Un hombre saltó de la goleta al bote que, empujado por cuatro remeros, se dirigió al steam ship. Se largó una escala de cuerda por el costado del coloso, al cual atracó el cascarón de nuez del práctico, que trepó ágilmente y saltó a cubierta. Le acogieron los gritos de júbilo de los gananciosos y las exclamaciones de los que perdían, y las apuestas y las rifas se resolvieron en esta forma.

El práctico era casado.

No tenía verruga alguna.

Usaba bigotes rubios.

Y había saltado a cubierta con los pies juntos.

Por último, eran las cuatro y treinta y seis minutos en el momento en que ponía el pie sobre el Great Eastern.

El poseedor del vigésimo tercio, cuarto de hora ganaba el lote de noventa y seis dólares. Lo tenía Corsican, que ni siquiera pensaba en ganancia semejante en aquellos momentos. No tardó en aparecer sobre cubierta y cuando le presentaron el dinero, dijo al capitán Anderson que conservará aquella cantidad para entregarla a la viuda del joven marinero a quien el golpe de mar había causado la muerte.

El comandante, sin decir una palabra, le dio un fuerte apretón de manos. Un momento después un marinero se acercó a Corsican, y después de saludarle con aire rudo, le dijo:

-Señor, los compañeros me envían por que es usted un hombre de muy buenos sentimientos, y todos le dan las gracias en nombre del pobre Wilson, que no puede manifestarle su agradecimiento por sí mismo.

Corsican, profundamente conmovido, estrechó la mano del marinero.

El práctico era un hombrecillo que no tenía aspecto de marino. Llevaba gorra de hule, pantalón negro, un gabán pardo con forro encarnado y un paraguas. Desde aquel momento él era el amo a bordo.

Al saltar sobre cubierta y antes de subir al puente, había arrojado un gran paquete de periódicos, sobre los cuales se precipitaron con cierta avidez los pasajeros. Eran noticias de Europa y de América; era el lazo político y social que se estrechaba entre el Great Eastern y ambos continentes.

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