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Una ciudad flotante
Editado
© Ariel Pérez
16 de febrero del 2002
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Una ciudad flotante
Capítulo XIII

El día siguiente, 31 de marzo, era domingo, ¿Cómo se pasaría el día a bordo? Sería el domingo inglés o americano, que cierra los laps y los bars, durante la hora de los oficios; que detiene el cuchillo del carnicero sobre el cuello de su víctima; que paraliza la pala del panadero en la boca del horno; que suspende los negocios; que extingue el fuego de las fraguas, y condensa el humo de las fábricas; que cierra las tiendas, abre las iglesias y detiene el movimiento de los trenes de ferrocarril, al contrario de lo que sucede en Francia? Sí, debía ser así, poco más o menos.

De momento, observando la fiesta dominical y aunque el tiempo era magnífico y el viento favorable el capitán no mandó desplegar las velas, con lo cual se habrían adelantado algunos nudos; pero hubiera sido impropio. Yo me consideraba dichoso con que se permitiese a las ruedas y a la hélice operar sus revoluciones cotidianas, y cuando pregunté a un terrible puritano de a bordo la razón de aquella tolerancia me respondió con gravedad:

-Señor, es necesario respetar lo que viene directamente de Dios. El viento está en su mano. El vapor en la de los hombres.

Me di por satisfecho con aquella razón, y observé lo que pasaba a bordo.

La tripulación se había vestido de gala y con suma limpieza. Los oficiales y maquinistas llevaban sus mejores uniformes con botones dorados; los zapatos relucían con un brillo británico, competían con la intensa radiación de los sombreros de hule. Toda aquella gente parecía calzada y cubierta de estrellas. El capitán y su segundo daban el ejemplo, y muy puestos de guantes nuevos, abotonados militarmente, lucientes y perfumados, se paseaban por la toldilla esperando la hora del oficio.

El mar estaba hermoso y resplandecía bajo los primeros rayos de la primavera. Ni una vela se divisaba. El Great Eastern, ocupaba sólo el centro matemático de aquel inmenso horizonte. A las diez, la campana de a bordo empezó a tañer lentamente y con intervalos regulares.

La tocaba un timonel vestido de gala arrancando a aquella campana una especie de sonoridad religiosa muy diferente de los ruidos metálicos con que acompaña a los silbidos de las calderas cuando el steam ship navega en medio de las brumas. Tentado estaba uno de buscar con la vista el campanario del pueblo llamándonos a misa.

Numerosos grupos aparecieron en aquel momento a la puerta de los salones de proa y de popa. Hombres, mujeres y niños, todos iban cuidadosamente vestidos como hacía al caso. Pronto se llenaron las anchas calles de la cubierta; los paseantes se saludaban ceremoniosamente. Cada cual tenía en la mano su libro de oraciones, y todos esperaban que el último toque anunciase el principio de los oficios. A los pocos instantes pasó un camarero con una porción de biblias amontonadas en la bandeja en que solían servirse los sandwiches, y que fue colocando en los bancos de la capilla.

Era éste el comedor principal formado por la cámara de popa, el cual se parecía exteriormente, por su longitud y regularidad al palacio del Ministerio de Hacienda de la calle de Rívoli. Entré. La concurrencia de fieles era numerosa. Un profundo silencio reinaba allí. Los oficiantes ocupaban el testero del templo. En medio de ellos, el capitán Anderson parecía un pastor protestante. El doctor Dean Pitferge estaba a mi lado, paseando sus ojuelos por aquella asamblea. Sin duda se hallaba allí más bien por curiosidad que por devoción.

A las diez y media se levantó el capitán y empezó el oficio. Leyó en inglés un capítulo del Antiguo Testamento, el décimo del Exodo.

Después de cada versículo los asistentes murmuraban el que seguía. Se oía perfectamente el soprano agudo de los niños, y el mezzo soprano de las mujeres dominando sobre el barítono de los hombres. Aquel diálogo bíblico duró cerca de media hora. Tan sencilla como digna ceremonia se celebraba con una gravedad perfectamente puritana y el capitán Anderson, el amo después de Dios, haciendo a bordo las veces de ministro del altar en medio de aquel inmenso océano, y hablando a aquella multitud, suspendida sobre un abismo, tenía derecho a que lo respetaran hasta los más indiferentes. Si el oficio se hubiera limitado a aquella lectura hubiera estado bien; pero al capitán sucedió un orador que no podía dejar de expresarse con pasión y violencia allí donde debían reinar la tolerancia y el recogimiento.

Era el reverendo de quien ya he hablado. Aquel hombrecillo inquieto, intrigante yankee, uno de esos ministros de gran influencia en los estados de Nueva Inglaterra. Llevaba embotellado su sermón, y aunque la ocasión no era propicia quiso aprovecharla. ¿El amable York no hubiera hecho otro tanto? Yo miraba al doctor Pitferge, pero éste no pestañeaba y parecía dispuesto a arrostrar el fuego del predicador.

Este se abrochó gravemente su levita negra. Puso en la mesa su birrete de seda. Sacó su pañuelo, lo llevó a sus labios, y envolviendo al auditorio en una mirada circular dijo:

-Al principio, Dios creó la América en seis días, y el séptimo descansó.

No pude contenerme y gané la puerta.

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