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Una ciudad flotante
Editado
© Ariel Pérez
16 de febrero del 2002
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Una ciudad flotante
Capítulo XXIX

El día siguiente, ocho de abril, fue hermosísimo. El Sol se presentó radiante. Sobre cubierta encontré al doctor Pitferge, que se bañaba en aquellas olas luminosas, el cual me dijo:

-Nuestro pobre herido ha muerto pasada la noche. ¡Los médicos respondían de él! ¡Oh, los médicos! ¡De nada dudan! Ese es el cuarto compañero que nos deja desde que salimos de Liverpool, el cuarto dado de baja en el Great Eastern, y aún no ha terminado el viaje.

-¡Pobre hombre! -exclamé-. ¿Que va a ser de su pobre mujer y de sus hijos?

-¿Qué le hemos de hacer? -respondió el doctor-; ésa es la ley, la gran ley. Es preciso morir, debemos ceder el puesto a los que vienen.

Nadie se muere, ésta es al menos mi opinión, sino porque ha de desocupar un puesto al que otro tiene derecho. ¿Sabe usted cuantos fallecerán durante mi existencia si vivo sesenta años?

-Lo ignoro, doctor.

-El cálculo es sencillo -replicó Pitferge-; si vivo sesenta años, habré vivido veintiún mil novecientos días, o sean quinientas veinticinco mil seiscientas horas, o sean treinta y un millones quinientos treinta y seis minutos, en fin, mil ochocientos ochenta y dos millones ciento sesenta mil segundos. Durante ese tiempo habrán muerto irremisiblemente dos millones de individuos que estorbaban a sus sucesores, y yo partiré a mi vez cuando sea un estorbo. Lo importante está en estorbar lo más tarde posible.

El doctor continuó desenvolviendo esta tesis para probarme una cosa sensillísima, es decir, que todos somos mortales. Juzgué oportuno no contradecirle y dejarle hablar. Mientras paseábamos, vi a los carpinteros de a bordo que se ocupaban en reparar las averías de proa. Si el capitán quería entrar en Nueva York sin averías, los carpinteros no debían descuidarse pues el Great Eastern navegaba rápidamente por aquella mar tranquila cuyas aguas jamás habían surcado con tanta velocidad. Así lo comprendí al observar el buen humor de los novios que asomados a la escotilla de la máquina no contaban ya las vueltas de las ruedas. Los grandes émbolos se movían con rapidez y los enormes cilindros, oscilando sobre sus ejes, resonaban como enorme echadas al vuelo.

Las ruedas daban entonces once vueltas por minuto, y el steam ship marchaba a razón de trece millas por hora.

Al mediodía los oficiales no tomaron la altura, pues conocían ya perfectamente la situación por rutina y pronto se vería la tierra.

Mientras me paseaba después del almuerzo, Corsican se dirigió a mí. Al verle preocupado comprendí que tenía que comunicarme algo.

-¡Fabián ha conferenciado por fin con los testigos de Drake! -me dijo-; me ruega que yo sea su padrino y pida a usted que tenga la bondad de servirle de testigo en este lance. ¿Podrá contar con usted?

-Sí, capitán. ¿Es que no queda ya esperanza de arreglo?

-Ninguna.

-Pero, ¿cuál ha sido la causa de esa querella?

-Una cuestión de juego, un pretexto y nada más. El caso es que Fabián no conocía a Drake y Drake le conocía a él. El nombre de Fabián es para su enemigo un remordimiento que quiere borrar matando al hombre que lo lleva.

-¿Quiénes son los padrinos de Drake?

-El uno -me respondió Corsican-, es un farsante...

-¿El doctor T...?

-Exacto. El otro es un yankee a quien no conozco.

-¿Cuándo vendrán a vernos?

-Los aguardo aquí.

En efecto, pronto vi a los dos que se dirigían hacia nosotros. Él, satisfecho, se creía sin duda un gran hombre porque representaba a un pícaro. Su compañero, otro comensal de Drake, era uno de esos mercaderes eclécticos, que están siempre dispuestos a vender lo que se les quiera comprar..

Después de saludarnos enfáticamente, saludo al que Corsican apenas se atrevió a contestar, el doctor T... tomó la palabra.

-Señores -dijo con tono solemne-, nuestro amigo Drake, que es un caballero, cuyo mérito y buenas maneras aprecia todo el mundo, nos envía para que tratemos de un negocio delicado. El capitán Fabián Mac Elwin, a quien desde luego nos hemos dirigido, ha designado a ustedes para que lo representen en este asunto. Creo, pues, que nos entenderemos como cumple a personas bien educadas, respecto a los puntos delicados de nuestra misión.

No respondimos, dejando a aquel charlatán que hablara sobre su delicadeza.

-Señores -continuó-, no es discutible siquiera que la ofensa ha partido del capitán Mac Elwin. Este señor, sin razón al menos, y aun sin pretexto, ha sospechado de la honradez de Drake en una cuestión de juego; además, antes de mediar provocación alguna le ha inferido el mayor insulto que puede recibir un caballero.

Esta fraseología empezaba a fastidiar al capitán Corsican, que se mordía los bigotes e iba perdiendo la paciencia.

-Al grano, caballero -dijo con aspereza al doctor T.... a quien cortó la palabra-. El asunto es muy sencillo. El capitán Mac Elwin ha levantado la mano contra el señor Drake. Su amigo de ustedes da por recibido el bofetón. Es él el ofendido y exige una reparación. A él le toca elegir armas. ¿Qué más?

-¿Acepta el capitán Mac Elwin? -preguntó el doctor, que estaba desconcertado por el tono de Corsican.

-Lo acepta todo.

-Pues bien, nuestro representado escoge la espada.

-¿Dónde se efectuará el duelo? ¿En Nueva York?

-No; aquí; a bordo.

-¡A bordo! Conformes. ¿Y cuando? ¿mañana al amanecer?

Esta tarde a las seis, detrás del gran salón de cubierta que a esa hora está desierto.

-Perfectamente.

Dichas estas palabras, Corsican se apoyó en mi brazo y volvió la espalda al doctor T...

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